E staba claro: no se podía y además era imposible. «La desproporción existente entre los problemas y medios que contamos, dijo el alcalde, no se resolverían ni con una hipoteca».
Y es que no había un duro... o dicho de otra forma: con el duro que había no se llegaba a todo.
En EL DIARIO VASCO, después de preguntar al vecindario, acababan de publicarse distintas informaciones con los más importantes problemas que tenía San Sebastián «con el fin de mantener su elevado prestigio», pero al alcalde, Antonio Vega de Seoane, se le entendieron todas sus palabras: «los objetivos son difíciles y no prometo maravillas, pero sí prometo dejar en esta empresa lo mejor de mi empeño».
Todo ello en el marco del Salón de Plenos, el día 5 de diciembre, cuando se aprobaba el Presupuesto Ordinario Municipal para el año siguiente, 1959, que alcanzaba la cifra de 129.125.914,13 pesetas... 9.924.105,11 pesetas más que el de 1958.
Una solución podía estar en la aplicación de la Ley del Suelo con muchas posibilidades de aplicación en las zonas del cinturón urbano mal urbanizadas o sin urbanizar... también podía echarse mano de los presupuestos extraordinarios, pero el remedio suponía un aumento de las cargas financieras que a la larga agravaban la crisis...
Porque, además de los problemas afines a los de otros Ayuntamientos «San Sebastián asumió en su seno los servicios del teléfono, agua y gas que en otras ciudades son explotados por empresas privadas»... El Gas costaba más de veinte millones... Cultura tres... Seguridad uno... Sanidad y Beneficencia uno y medio... Urbanismo «se llevaba el gato al agua»: ¡más de treinta y un millones de pesetas!...
Todos querían, por ejemplo, el teléfono municipal, pero «lo que un día fue índice de avance» se había convertido en una carga para el Presupuesto... la conservación del servicio, las instalaciones y obras que eran necesarias para estar al día superaba la economía municipal...
Claro que a fin de cuentas, las cuentas siempre salían a la par: el capítulo ingresos era similar al de los gastos gracias a ese capítulo de imprevistos que ¡oh casualidad! en todos los presupuestos coincide al céntimo para cuadrar las sumas...
Pero una cosa dejó clara el alcalde: «lograremos los recursos necesarios para poder seguir el ritmo que la vida moderna impone»... y tanto gustaron estas palabras finales que toda la Corporación «puesta de pie, las acogió con entusiastas aplausos». Han pasado cincuenta años...