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RSS | ed. impresa | Regístrate | 10 julio 2009

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PLAZA DE GIPUZKOA

04.12.08 -

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Rencor
El tío me tiene agarrado por las solapas, literalmente suspendido, mis pies a medio metro del suelo, y su mirada de odio es como la de un toro mihura. Qué mal se pasa en estos casos. Vale, de acuerdo, que yo le injurié en la empresa donde trabajábamos, acusándole de haberse llevado cierta pasta, cuando fui yo el que echó mano de la caja fuerte. Pero han pasado ya seis años de aquello y los delitos prescriben. Hay que saber perdonar y pasar página, caramba.
Su mirada es de un rencor infinito, como la de quien ha estado rumiando hiel mucho tiempo hasta encontrar el momento del desquite. Puedo observar muy de cerca las aletas dilatadas de su nariz por las que brota una respiración agitada. Vale, reconozco que estuve un poco indiscreto cuando fui a donde su mujer con el cuento de que le ponía los cuernos, y eso le costó la ruptura matrimonial. Pero soy de la opinión de que en esta vida hay que ir siempre con la verdad por delante. Venga, hombre, pelillos a la mar.
Todos los músculos de su cuerpo están en plena tensión, los mentones apretados. Apenas ha esbozado una frase: «Te voy a...» y luego no le he entendido. Vale, admito que le he hecho faenas y marrullerías a manta, que le he dado motivos sobrados como para que me retirara el saludo. Pero tampoco son maneras, caray. Y que el tío no me suelta. Y que mide uno noventa el grandullón. Me da que hoy llego calentito a casa. ¡Ya veo como en cámara lenta su puño cerrado aproximarse a mi mandíbula! ¡Socorro!
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